miércoles, 13 de febrero de 2013

APRENDER A PINTAR


Existe una fantasía bastante extendida entre quienes nunca intentaron pintar un cuadro, y entre algunos que lo intentaron también, según la cual los artistas producen sus obras en una especie de arrebato incontenible. Sin embargo, cualquiera que haya osado llevar a la práctica semejante desatino habrá comprobado que la realidad es muy diferente, mucho más complicada y mucho más interesante. Exceptuando algunos ejemplos particulares, por lo general obras muy sencillas, la mayoría de las obras de arte de la historia son el resultado del trabajo intenso y paciente, de probar ideas y de toparse con más errores que aciertos durante periodos de tiempo relativamente extensos para encontrar, cada tanto, alguna idea que da sentido a todo el proceso anterior. Usualmente esto es más notorio cuanto más compleja y ambiciosa es la obra.
En una entrevista publicada hace ya unos años, Gregory Chaitin (Entrevistado por Guillermo Martínez, Radar, Nº 95, junio 1998) decía:

“[…] la mayor parte del tiempo uno está luchando y todo es feo, nada camina, las ideas se chocan entre sí y uno siente que está malgastando su vida en eso. Pero hay un instante en que uno ve la luz y se da cuenta de cómo es el enfoque correcto.
Una vez que estaba escalando una montaña en el norte del estado de Nueva York. Caminaba con un grupo de amigos bajo la lluvia, pisábamos barro todo el tiempo. Pero cuando hicimos cumbre, la cima estaba por encima de la capa de nubes, con un sol resplandeciente, y se veía la planicie blanca de las nubes y a lo lejos los otros picos que emergían. Esa misma sensación de euforia se tiene cuando, después de muchos años de luchar contra la propia ignorancia, de pronto uno se da cuenta de cómo mirar las cosas: todo se hace hermoso y uno tiene la sensación de ver más lejos”.

Chaitin se refería a su trabajo como matemático, pero exactamente esa misma idea es aplicable a la pintura (y me animaría a decir que a cualquier actividad suficientemente interesante).
En realidad, la cosa es un poco menos dramática de lo que la historia de Chaitin sugiere: uno va atravesando etapas, se fija y alcanza metas intermedias en las que algunas piezas empiezan a encajar parcialmente y que con el tiempo van formando un panorama más articulado y más claro. En general, y esto es muy importante, uno no está solo en el camino. Finalmente, está la adrenalina del desafío que hace que todo el esfuerzo se vea bajo una perspectiva diferente del esfuerzo por el esfuerzo mismo y sin un propósito claro.
En el fondo, aprender a pintar es aprender a fijarse esas metas, a organizar las etapas para alcanzarlas y a responder a y aprender de la infinidad de imprevistos que surgen en el camino. Esta es la tarea que nos proponemos desarrollar en el taller.
Los siguientes son dos ejemplos de algunas etapas en la maduración de algunas obras:

Pablo Picasso, Las señoritas de Avignon, 1907












William Bouguerau, Ninfas y sátiros, 1873 (sacado del blog de Grand Central Academy)


  



  

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